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Alejandro Murat: déficit de gobierno

El gobernador Alejandro Murat Hinojosa jamás se imaginó que tan sólo a los cuatro meses de su ejercicio gubernamental, tuviera problemas de conducción de gobierno, de mal manejo de los asuntos públicos por sus colaboradores, de la existencia de graves problemas estructurales del aparato público, de la seriedad de los enemigos de los Murat, que los viejos problemas de Oaxaca son de raíz y que todos los gobernantes anteriores tan solo lo han administrado.

Que lo que le habían contado de Oaxaca distaba a miles de kilómetros de distancia, comprendía que por fin conocía al Estado real, no el imaginado, ni el deseado. Por fin recordaba de sus lecturas sobre Maquiavelo, que había que partir tal como son los hombres y no como quisiéramos que fueran. Que su estrategia de abrir los brazos al diálogo y de las buenas intenciones, de la búsqueda de ser amado y querido por el pueblo oaxaqueño y por sus colaboradores, no era el adecuado. En Oaxaca te haces respetar o te haces respetar, no hay de otra. Otra vez Maquiavelo llegaba a su mente, más vale infundir temor que amor.

Pero también estaba consciente que no había que llegar a que sintieran odio por él, pues esta virtud nace del abuso del poder, de las injusticias del quehacer del gobierno, de la falta de respeto del orden jurídico, nada más lejos de ello. Llegaba el momento de hacer sentir su autoridad, su poder, que surgen de las instituciones políticas y de la realidad oaxaqueña.

Comprendía que la obediencia del pueblo se gana con el ejercicio de la política, que la administración era tan solo un medio y no un fin. Que esta obediencia se construye paso a paso, con el ejercicio diario del poder conferido por el voto ciudadano. Alarmado, en Salina Cruz, se dio cuenta que entre su gente existen personas que entienden la necesidad de la obediencia a palos y a garrotes, que el poder se ejerce por métodos violentos o no es poder, que tener poder es ser “un chingón”. La consigna: “hay que rajarles la madre a los pinches maestros”, “hay que buscarle la forma de regresar a los antiguos líderes de los maestros a la cárcel”. Para el gobernador era ya preocupante que algunos de sus colaboradores tuvieran una concepción tan primitiva de la política, tan irracional.

Otra vez recordaba al florentino, en la política se vive entre conflictos, entre intereses diversos, que el conflicto es la razón de la política, que el arte de gobierno consiste en poder resolver los problemas con eficacia. Necesitaba eficacia de gobierno, es decir, resolver los problemas a toda costa, por el bien de todos. Porque para el colmo, los poderosos le exigieron pactar con las fuerzas opositoras, es decir, rendir la plaza, renunciar al imperativo de la obediencia, sentarse como uno más en la mesa, reconocer que la fuerza de los opositores tiene la misma fuerza del Estado. Nomás faltaba que los poderosos dijeran que ellos serían el árbitro del pacto.

El gobernador estaba informado y conocía ya los problemas. A la Sección XXII del sindicato de los maestros lo entendía como un animal muy gelatinoso, no se le puede agarrar por ningún lado, cuando se cree que se le tiene se resbala por cualquier rendija, cual animal de cañerías es inaprehensible. Es un animal de siete cabezas, agarras una, pero subsisten las otras seis, mientras la primera tiene la capacidad de la pronta recuperación.

 

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