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Las tres cartas

.-“Chivos” expiatorios y chivos brincados

(DE REFILON: Sucedió que el depositario Alejandro Avilés por “espiar”, abrió con vaporcito la tercera carta y ¡bluf! le cayó encima la maldición gitana)

Cuentan las anécdotas de los que supieron escuchar a los sabios en política, que alguna vez un asesor político le dio a un gobernante tres cartas que debería abrir sucesivamente si las cosas iban mal. Cuando el jefe de Estado se enfrentó a la primera misiva la rasgó y leyó. El mensaje era escueto, pero rotundo. Decía: «Échale las culpas a tu predecesor». Aquello surtió efecto durante algún tiempo, pero no fue suficiente para resolver los problemas

El gobernante tuvo que abrir la segunda carta. Esta rezaba así: «Échale la culpa a la inoperancia de tu ministro”; y di que la crisis económica es tan intensa que no pudo tomar las acertadas medidas que para enfrentarla, y que por ello buscara un pretexto para irse». Fue una fortuna desigual porque el argumento convenció a los convencidos y no satisfizo a los detractores que criticaron la reacción tardía de sus decisiones.

Y pensativo el gobernante no tuvo más remedio, entonces, que rasgar con temor la tercera carta que lacónica sentenciaba: «Mejor vete escribiendo las tres cartas…para tu sucesor”>. (Palabra de sabios)

Lo más probable es que la historia sea apócrifa, pero lleva un críptico mensaje para todos los políticos y gobernantes del mundo, es más, nos dicen los que saben de la hermosa y teatral política, que esto es seguro y  que interviene la herencia de la vieja sabiduría de los emperadores de Roma, que inventaron aquello de “dadle al pueblo pan y circo”. Es decir un atractivo y despensas que tomaron como estrategia electoral en México. Aunque en algunos lugares nomás es puro circo sin pan.

Todo pues, tiene la pinta de no ser más (ni menos) que un chascarrillo de los mexicanos y de políticos de “colmillos retorcidos”, que a vuelo de campana celebran estas ocurrencias como aquello del “Chupa cabras”, “platillos voladores” y estallamiento de oleoductos o la pólvora de juegos pirotécnicos que en cada país, según el estado de ánimo, se cuenta con humor negro y otros blancos, culpando de esos malos humores a quienes esperan pacientes o se enredan con los aliados como le pasó al crucificado el mero día de viernes santo, por querer volar más alto.

Un análisis a la par jocoso y macabro, de ese triste día a día en el que crucificaron a Cristo porque tenían que sobrevivir millones de personas, a las que ya no engañaba el rojo de las banderas romana, que no ocultaba sino el gris de plomo de la burocracia judeo estatal y de los mecanismos de represión, en manos de viejos y caducos dirigentes de Herodes (¡Mire namás!, hasta dónde nos fuimos, por el gusto de escribir), aunque son cosas de la realidad política

Así recordamos como en la Independencia, hubo un tal - Juan José Martínez- a quien los mineros le habían apodado, desde muchacho, El Pípila, nombre que se le da en el bajío al guajolote o pavo doméstico, quizá por las pecas que llenaban su cara dándole el aspecto punteado del plumaje de esas aves. Le echaron a la espalda la una laja  y lo halagaron como el más valiente, “el más guapo del bajío, como Juan charrasqueado y como Fox que podía cargar hasta un metate”-sic-. Fue que le pusieron tamaña piedrezota que lo apachurró de cuerpo entero, todo por creerle a esos funcionarios que pasan como “las naves, como las nubes, como las aguas”…(diría el poeta César Vallejo)

Y ASÍ es como termina esta triste historia mera analogía, de las cartas como las de Fátima, aquel que se adelantó en abrir una como la caja de pandora.

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