Abril 19, 2019

Tortas de tamal

Nosotros, de quienes uno es tanto como vos, y juntos más que vos,

os hacemos rey para que cuides nuestros fueros y privilegios, y si no: no.

 

No me diga usted que no ha probado las ‘tortas de tamal’. No me diga que se ha privado del manjar cotidiano de miles de mexicanos al grito de guerra que temprano salen de su casa para conseguir casa-comida-sustento y que al paso de ganso piden además su atolito de canela, o de arroz o de piloncillo o avena y que, humeante en un vasito de unicel, es al mismo tiempo sagrado alimento como la solución al día de jornada de trabajo, a la solicitud de empleo, a la venta que no llega y para soñar a cada sorbo, mientras se mira al infinito, que aquí todo está bien, que no pasa nada, sana-sana, colita de rana…

 

Una torta de tamal es un mundo en una telera. Es el encuentro de dos mundos. Es el maíz abrazado por el trigo en un solo bocado; es la salsa de chile picante que nos hace recordar la distancia entre el cielo y la tierra y el sistema métrico decimal…

 

Para muchos urbanos del país, sobre todo en la Ciudad de México, es el desayuno cotidiano que va de las famosas ‘guajolotas’ a las quesadillas que no tienen queso y que son de flor de calabaza, o sopecitos, que son memelas en mi tierra oaxaqueña: De salsa verde o de roja, todo depende del gusto del señor, de la señora o del niño que brincotea porque ya le anda del baño… ¿Por qué a la edad de la primaria siempre nos anda del baño?

 

Así que cada mañana, multitudes de mexicanos salen a buscar la vida. Son los hombres y mujeres y niños y perritos del alba; los de la mañana sabrosa en el campo; los que andan por los caminos de México; en la tierra o en la mar; los que trabajan en la fábrica, en la empresa, el comercio o a prestar servicios. Son los que se despiertan con la noche aun sin terminar y salen a chingarle por ‘la patria impecable y diamantina’, que dijera López Velarde…

 

Pero qué digo, si Patria es un concepto que ya no se usa. Acaso se dice ‘país’, ‘nación’, ‘República Mexicana’, ‘terruño’. El ideal de patria dejó de ser parte de la esencia mexicana; dejó de ser el lunes de civismo en la escuela primaria o la mano en el pecho cuando se escucha el Himno Nacional o cuando se iza la bandera de los tres colores nuestros: con su aguilita devoradora ahí.

 

Patria viene de padre. Eso es. Pero mencionarla ya pasó de moda; es un concepto demodé, cutre, carca, viejito y hasta sin chiste. Pero es.

 

Amar a la Patria –aunque suene cursi- nos lleva al sumun del nosotros mismos, y a trabajar en tono mexicano, a cargar con las cargas más pesadas de la vida sin descanso porque tenemos el techo y la tierra que son nuestros, y cantar rancheras y gritar cuando se es feliz siendo de aquí… “¡Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí…!”

 

De un tiempo a esta parte, como pocas veces, en la combi, en la camioneta colectiva, en el metro, en el Metrobús, en el taxi o hasta de mesa a mesa o codo con codo se escucha que nuevos vientos barren la basura que se acumuló en México; y se habla de nuevas formas y de nuevas maneras de hacer y participar. Está bien.

 

Y todo esto produce reflexiones profundas frente a una limonada de naranja y una larga espera en la fila del irás, y no volverás, frente a la burocracia nuestra de cada día. Y las frases más escuchadas, ya pasado el trago amargo del 1 de julio del año pasado, cuando pensábamos que se repetiría la vieja historia del chanchullo electoral, hoy son: “¿A ver cómo nos va?” o ¿Será? “Ojalá” o “¡Qué bien!” o “¡Qué mal!”.

 

Quien ganó las elecciones fue Andrés Manuel López Obrador con su Morenaza de fuego y ya es el presidente de los mexicanos. De todos. No nada más de los treinta millones que le dijeron ‘sí’; no nada más de los que se miran al espejo de los triunfadores; también de aquellos que dieron su ‘si’ a otras coaliciones de partidos, o acaso al único independiente que fue una broma macabra del sistema electoral… Y hasta para los que no quisieron ir a votar o no pudieron. Somos 129 millones de habitantes en el país, más los que se acumulan en este mismo momento… Treinta millones de ellos votaron por AMLO.

 

“¡Ganamos!” “¡Ya chingamos!” se escucha desde ese día por aquí o por allá, por donde uno pasa mientras se va por la calle caminando sin parar ‘de arriba-abajo-de arriba-abajo…”: Hoy, como parte del paisaje después de la batalla, hay en la voz y en las miradas de muchos esa sensación de triunfo pero en su fuero íntimo subyace el “¿Será?” o “¿Lo hicimos bien?” o “¡Ahí va un navío cargado de: ¡sorpresas! En todo caso ya se cantan desaciertos, también.

 

Muchos que votaron por Morena, perciben a la política como si cada uno tuviera a un AMLO a su medida; como si él le estuviera hablando a cada uno para decirle que todo está mal pero que todo estará bien. Y sonríen complacientes. La confianza está puesta ahí. Él ha dicho una y mil veces que no defraudará a los mexicanos. Y lo gritó a los cuatro vientos en el mismísimo Zócalo de esta México el asiento la noche del 1 de julio: “¡No los voy a defraudar!”… “¡Amor con amor se paga!”. Eso es: Amor, con amor se paga.

 

¿Qué sigue? Se habla de unidad nacional. Se habla de ‘reconciliación’ –aunque debiera ser conciliación-. Se habla de que todos juntos comeremos chicharrón… De pronto hay azoro. De pronto se da cuenta de que la buena voluntad puede chocar con la terca realidad y que soñar transformaciones no significa hacer transformaciones. Pero también está el beneficio de la duda.

 

Y aquí el regreso al futuro: Andrés Manuel López Obrador lo dijo antes y después: “La patria es primero”, con lo que hace suya la respuesta del independentista Vicente Guerrero a su padre, quien le pide que deponga las armas, y recupera el concepto perdido: Patria.

 

Y AMLO hizo alusión, por entonces, a esa Patria a la que ha prometido no traicionar, no engañar, no mentir y no abandonar… Cumplirle, pues. Ojalá.

 

Y retoma el viejo concepto. Y dota de color a sus promesas de campaña. Y les da sentido, geografía, tiempo y profundidad… La misma que cantaron Balbuena y su “Grandeza Mexicana”, como también Ramón López Velarde y “La suave patria”.

 

Porque a la Patria-padre, se le ha cantado en México aun antes de la independencia. Cuando se atisbaba lo que sería un país, nación, Estado, soberanía, cultura, historia, tradición, hombres y mujeres de trabajo, y amor patrio.

 

Melchor de Talamantes en 1808 ya vislumbra a un país emancipado; Hidalgo y su lucha por una “¡Patria!”; Morelos… y de ahí para adelante, con altibajos, con guerras, con traiciones, con avances paso a paso, con la consolidación de la República Mexicana y con el ideal de que la patria es suave y diamantina, que es nuestra casa, que es nuestro sustento y nuestro arrobo. Que es nuestros viejos y nuestros niños: y que es nuestros muchachos rezongones, vitales, echados para adelante. Caminar nuestra patria es caminar suelo propio.

 

Muchos escritores, músicos, pintores, arquitectos, cineastas… han cantado a la Patria: su patria. Orgullos de las letras hicieron la apología de lo que aquí se veía y que sería la permanencia serena y firme de un país que habría de construirse sobre bases culturales e históricas. Octavio Paz, uno de ellos y su “Laberinto de la soledad” o José Emilio Pacheco y su:

 

“No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.”

 

Nadie, Morenos o no, abjuran de su origen mexicano, y de su orgullo nacional y patriótico: y esto es el punto de unión, el axel de los caminos. Ahí nos encontramos todos. Es nuestro México en una nuez, en un piñón, en un respiro y es un ‘pájaro de oficio carpintero’.

 

Por supuesto hubo cantos a la Patria durante las guerras de intervención y, sobre todo, cuando el país se desmembró primero a la pérdida de Texas (1836) y por la mutilación del territorio mexicano en 1848; la patria estaba en la boca de los liberales del siglo XIX, entre los reformistas y aun durante el Porfiriato.

 

La Revolución Mexicana fue fruto de intereses económicos y políticos, pero una cosa queda clara, entre la multitud la idea de defensa de su patria y de sus privilegios estaba en juego y por ello murieron más de un millón de mexicanos al comenzar el siglo XX y otro tanto tuvo que salir del país…

 

Y de ahí en adelante, la patria ha sido lo mismo pretexto para exaltar lo nuestro y nuestro origen, como también para ruindades como cuando ocurrieron las muertes históricas de Felipe Ángeles, Lucio Blanco; o como cuando la unidad le dio sentido patrio a las decisiones soberanas, como ocurrió en 1938 por la expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas.

 

Cada quien a su modo entiende a la patria. Y aunque no la nombra con este apelativo, la quiere si se es de aquí; la ensalza; se ufana de ella; se entrega a ella; y mienta madres por ella. Los que viven fuera también lo saben.

 

Y de ahí en adelante se desgrana el orgullo por una patria que se construye día a día, que se cae y se levanta, la misma patria que ha sido eterno botín y la eterna espera.

 

Hoy, en nombre de la patria construida por todos, y desahuciada por muchos, está a la expectativa, y se mira a sí misma en el dilema del futuro de uno y de todos. “La patria es primero”. ¿Y qué es la patria en este caso? ¿A qué patria se refiere AMLO?

 

Y así, en la reflexión íntima. Se terminaron la torta de tamal, las quesadillas de picadillo, el atole de piloncillo y se sigue la marcha hacia el futuro inmediato: la jeta del jefe y el “¡Otra vez tardeeee?” y uno sin poder explicarle que venía en la reflexión profunda del “ser o no ser”; “el ser, o la nada”… del “soy, o me hago”.

 

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