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Vacunas: Es muy poco probable que provoquen efectos secundarios mucho tiempo después de haber sido aplicadas

Escrito por: NATIONAL GEOGRAPHIC Julio 27, 2021 0

Ya han pasado siete meses desde que EE. UU. comenzó a administrar las vacunas contra la COVID-19, y las últimas cifras de la encuesta de seguimiento de la Kaiser Family Foundation, una organización sin fines de lucro, revelan que el 10 por ciento de los adultos aún sienten dudas acerca de la vacuna y quieren "esperar y ver" qué efectos produce en los demás antes de visitar un centro de vacunación. Esta sensación es muy común entre los adultos jóvenes de 18 a 29 años.

Los que dudan suelen referir dos razones principales: que las vacunas son "demasiado nuevas" y que pueden desencadenar efectos secundarios inesperados o potencialmente mortales, quizás incluso meses o años más tarde. Es cierto que a veces pueden informarse nuevos efectos secundarios a los meses de haberse vacunado, ya que una vacuna pasa de probarse en poblaciones de miles (en los ensayos clínicos) a los millones de personas en el mundo real, con las diversas respuestas que manifiesta cada cuerpo. Pero más de cien millones de estadounidenses ya han pasado ese umbral, y los primeros participantes en los ensayos clínicos llevan más de un año con la vacuna.

Hasta ahora, los efectos secundarios graves de las vacunas contra el coronavirus, como el síndrome de Guillain-Barré y la inflamación cardiaca, han sido muy raros, y se detectaron rápidamente porque estaban en las listas oficiales de posibles problemas a observar. Además, todos estos y otros efectos secundarios aparecen poco después de que alguien ha recibido la vacuna, lo que sugiere que no habría que preocuparse por reacciones tardías a largo plazo.

Este panorama se observa a lo largo de la historia moderna de las vacunas, ya que la mayoría de las nuevas inmunizaciones han sido muy seguras, e incluso los efectos más severos han aparecido de inmediato.

“Los efectos secundarios casi siempre ocurren a los quince días luego de que una persona recibió una vacuna”, indica John Grabenstein, director de comunicación científica de Immunization Action Coalition. Y agrega que lo más tarde que se ha registrado un efecto secundario para una vacuna ha sido a las seis semanas de la inyección.

"Es entendible que se especule que las vacunas contra la COVID-19 puedan provocar efectos secundarios a más largo plazo, pero según lo que sabemos, no es probable", agrega Miles Braun, profesor adjunto de medicina en la Facultad de Medicina de la Universidad de Georgetown y el ex director de la división de epidemiología de la Administración de Drogas y Alimentos de los Estados Unidos.

La principal razón de esta ventana acotada de efectos secundarios es el poco tiempo que todas las vacunas permanecen en el cuerpo, explica Onyema Ogbuagu, especialista en enfermedades infecciosas de Yale Medicine e investigador principal del ensayo de la vacuna Pfizer-BioNTech contra la COVID-19. A diferencia de los medicamentos que las personas toman asiduamente, las vacunas suelen administrase contadas veces a lo largo de la vida. Las moléculas de ARNm que se usan en las vacunas Pfizer y Moderna son muy frágiles, por lo que "salen de su cuerpo al cabo de un día o dos", señala.

Posteriormente, las vacunas estimulan el sistema inmunológico para que memorice la estructura del virus y active una respuesta rápida si luego se topa con el virus real. “Este proceso se completa en unas seis semanas”, indica Inci Yildirim, vacunóloga y especialista en enfermedades infecciosas pediátricas de Yale Medicine. Es por eso que los efectos adversos graves que podrían desencadenarse por el proceso surgen dentro de este período de tiempo, después del cual todo queda guardado en la biblioteca de patógenos conocidos, alojada en el cuerpo humano, dice Yildirim.

 

 

Históricamente, los efectos secundarios de las vacunas han surgido enseguida

Un recorrido por la historia de las vacunas confirma que incluso los efectos secundarios más dañinos han ocurrido en una ventana de seis semanas.

Después de la primera vacuna Salk contra la poliomielitis en 1955, se supo que algunos de los primeros lotes contenían virus vivos de la poliomielitis y no la forma debilitada que se necesitaba en la vacuna. En cuestión de semanas, este error provocó algunas infecciones y, en algunos casos, la muerte. El "incidente de Cutter", que lleva el nombre de los laboratorios donde hubo mayores desaciertos, derivó en regulaciones gubernamentales más estrictas. Hoy en día, las vacunas contra la polio siguen siendo controladas para garantizar que el virus esté completamente inactivo en las inyecciones que se administran a los niños.

En 1976, hubo casos raros de Síndrome de Guillain-Barré unas dos o tres semanas luego de haberse implementado la vacunación antigripal con virus inactivados para combatir una cepa peligrosa de la gripe porcina H1N1. Los científicos finalmente determinaron que el efecto solo se produjo en una o dos personas del millón que se vacunaron. Guillain-Barré es una enfermedad tratable, pero como la temporada de gripe terminaba ese año, pronto se abandonó la campaña de vacunación.

Hace poco, se vinculó esta misma condición a la vacuna Johnson & Johnson contra la COVID-19, con un centenar de informes preliminares después de que se administraron aproximadamente 12,5 millones de dosis, según la FDA. En estos casos, el síndrome apareció unas dos semanas después de la vacunación, principalmente en hombres mayores de 50 años.

En 2008, de 7 a 10 días después de recibir una vacuna que combinaba la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola (MMR) con una contra la varicela, algunos bebés desarrollaron convulsiones febriles. Estos casos de convulsiones se registraron en un niño por cada 2.300 dosis, razón por la cual el Comité Asesor de Prácticas de Inmunización de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades actualmente recomienda que la mayoría de los niños reciban las dos vacunas por separado.

A las pocas semanas de recibir la vacuna contra la fiebre amarilla, contadas personas sufren de inflamación cerebral (encefalitis), hinchazón de la cobertura de la médula espinal (meningitis), síndrome de Guillain-Barré o una disfunción de múltiples órganos llamada enfermedad viscerotrópica. Si viajas a lugares donde esta enfermedad mortal es endémica todavía se exige la vacuna, aunque los CDC recomiendan que las personas mayores de 60 años evalúen los riesgos y los beneficios con su proveedor de atención médica.

La rara excepción que contradice que los eventos adversos ocurren dentro de las seis semanas posteriores es la vacuna contra el dengue, Dengavaxia, que el gobierno filipino aprobó para los niños en 2016. Cuando te infectas con el virus del dengue, la primera manifestación de esta enfermedad es bastante leve. Pero cuando te infectas por segunda vez, con una cepa diferente, la reacción puede ser mucho más grave y, en algunos casos, fatal.

Como predijeron algunos expertos, la vacuna, elaborada a partir de virus inactivados, actuó como una primera infección, lo que significa que los niños que más tarde fueron atacados por un mosquito portador del virus del dengue padecieron más que si no hubieran sido inoculados. En 2019, la FDA aprobó la vacuna, pero solo para niños en territorios estadounidenses con un altísimo porcentaje de dengue, y que registraban un caso previo de la enfermedad confirmado por laboratorio.

Como podemos notar, ninguna vacuna ha provocado la aparición de afecciones crónicas años o décadas más tarde, indica Robert Jacobson, director médico del programa de ciencias de la salud de la población en la Clínica Mayo. “Se ha realizado una enorme cantidad de estudios con todo tipo de vacunas y no se ha podido demostrar lo contrario”, dice.   

Por ejemplo, un metanálisis de 2016 examinó 23 estudios en busca de evidencia de que las vacunas infantiles comunes como MMR o Haemophilus influenza B podrían de alguna manera causar diabetes infantil; finalmente, no se encontró ninguna conexión. Para descartar que las vacunas puedan provocar afecciones autoinmunes como la esclerosis múltiple en adultos, en 2017, se llevó a cabo una revisión de nueve vacunas comunes, incluida la antitetánica, la vacuna contra el virus del papiloma humano y la gripe estacional. El estudió concluyó que los casos de EM no aumentaron como resultado del uso generalizado de vacunas.