Agosto 17, 2019

“La imaginación, la loca de la casa”

Fernando del Paso

“La imaginación, la loca de la casa”

Joel Hernández Santiago

 

Si, Fernando, en noviembre vino el mensajero a traernos noticias infaustas. Vino en una sola bocanada de viento luminoso preñado de papagayos. Nos trajo un puñado de arena de la Isla de los Sacrificios, unos guantes de piel de venado y un enorme barril de maderas preciosas rebosantes de chocolate ardiente y espumoso, donde te bañaste todos los días de tu vida…

 

Ese miércoles vino el mensajero, Fernando, mientras el país que tanto quisiste se cubría de neblina y frío, con aguanieve y vientos que gritaban tu nombre, Fernando; venían para llevarte con ellos, con los vientos que lo mismo habían impulsado las velas de las tres carabelas que vieron primero estas tierras americanas, o las naves de Cortés que habrían de encontrar a un territorio y unos hombres en su propio mundo, el mundo que estaba ahí desde el origen…

 

Si, Fernando, era el mismo viento que trajo a Maximiliano y a Carlota en 1864 y el mismo que habría de llevarlos de regreso a Europa tres años después, uno muerto y ella loca. Es el mismo viento que se llevó en el Ypiranga a Porfirio Díaz el 31 de mayo de 1911 y el que nos trae murmullos de otras tierras impregnados de tiempo.

 

1864: Maximiliano y Carlota en el zocalo de Veracruz

 

 

Vino el mensajero, Fernando y nos dijo que ese día, temprano, habías muerto en Zapopan, Jalisco, el lugar que en 1992 elegiste para vivir tu vida y en el que moriste, porque ya no habría más aquí; que tú sabías que esto habría de pasar y que, como una vez dijiste en España, ‘aun después de todo te quedará el consuelo de que ahí está tu obra y que, por eso mismo, valió la pena haber vivido.’

 

El 1 de abril de 1935 fue cuando naciste en la calle de Orizaba número 150 de la Ciudad de México, la misma ciudad a la que quisiste y que en tu obra es al mismo tiempo espacio como personaje, como en José Trigo (1966) en donde el aire de la capital se respira, como se respira el combustible con el que se movían los ferrocarrilles y cuyos operarios, apenas siete años antes, en 1959, habían iniciado un movimiento de reivindicación laboral y de justicia y de participación democrática.

 

… Fueron algunos de los primeros gritos de libertad que se escucharon aquí, en el Anáhuac, Fernando, en tiempos de la Revolución institucionalizada. Los ferrocarrileros fueron reprimidos y sus líderes encarcelados y tú escribiste José Trigo en el que subyace lo ocurrido con los hombres que lo único que querían era justicia; y está ahí la ciudad de México, eterna e impredecible. De eso trata tu obra que ganaría el Premio Xavier Villaurrutia el mismo año de su publicación.

 

Intentaste ser médico, te intranquilizó el cuerpo humano fallecido y te horrorizó aun más la sangre humana ya silenciosa y quieta: lo dejaste. Quisiste ser economista y dos años después decidiste que ese no era el camino. Quisiste ser pintor, o acaso simplemente dibujante de excelencia, pero nunca sobresaliste en ese mundo del lápiz carbón y el pincel. Luego lo dirías. Pero no era cosa de obtener reconocimiento en algo que se hace por el gusto de hacerlo y tú seguiste dibujando y pintando todavía después de que tu obra literaria, toda, había sido leída, reconocida y elogiada… Te dedicaste a la publicidad y al lenguaje publicitario desde 1955, y ahí desbordabas aquella imaginación que sólo era tuya y tu forma de hablar con nosotros.

 

Decidiste dedicarte a la literatura y en 1965 obtuviste la beca del Centro Mexicano de escritores. Ahí tuviste maestros que te dieron la sangre que habría de resumirse en toda tu obra: Juan Rulfo, el que te enseñó a mirar lo invisible y los murmullos del pasado en el presente, y Juan José Arreola, que hacía una Fiesta y un Confabulario día a día. De ellos y de James Joyce está hecho tu José Trigo.

 

Luego el mundo ajeno por veintitrés años, primero como becario en el International Writing Program de la Fundación Ford en Iowa, Estados Unidos en 1969 y hasta 1971 cuando te fuiste a Londres con la Beca Guggenheim, en donde al mismo tiempo eras productor de programas de radio y locutor en la BBC, luego como cónsul de México ya en Londres o París; mientras los vientos de México te llevaban noticias de tu país y comenzaste a escribir tu segunda gran obra: Palinuro de México publicada en 1977.

 

Y de nuevo, Fernando, te entregaste a la literatura para descubrir nuestras contradicciones en un libro al mismo tiempo onírico como histórico y político: vertiginoso como fue toda tu obra… Y estabas tú en la obra, aunque luego dijeras que no, que eran retazos de historia pero que no era tu vida, aun cuando Palinuro fuera un estudiante de medicina que recorre su ciudad y que ve y está en la masacre estudiantil de 1968 en México, el ‘México por la paz’.

 

Palinuro de México es tu obra preferida, Fernando. La hiciste de recuerdos y de indignación. La hiciste paso a paso, recorriendo desde lejos las calles de tu país. Valoraste entonces, como antes, el peso de la historia en la vida colectiva e individual: la historia como recuerdo, pero también como sello de identidad, lo mismo estación como ruta, y se consolida ya tu forma barroca y el ritmo literario siempre frenético, incansable, continuo, febril y sin reposo…

 

Pero estuvo bien el gran recorrido, Fernando, al final la obra fue mejor recibida en México como en el mundo, aunque se dijera que era incomprensible y que no tenía argumento, cuando el argumento era eso, precisamente, la búsqueda, la palabra como personaje y el ambiente que vive Palinuro y su visión de ese México que ya no quería guardar silencio. Y era, también, una historia de amor…

 

Hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis: a eso le llamábamos hacer el amor científicamente. Pero también hacíamos el amor yo a ella y ella a mí: es decir recíprocamente”.

 

Fue premiada tu obra preferida, Fernando: Por la crítica francesa, el Premio al mejor libro extranjero en Francia y el Premio Rómulo Gallegos…

 

Ya vendría luego tu obra más emblemática, Fernando, la más leida y la más exaltada. La obra con la que demuestras no sólo el dominio del castellano como lengua de origen, sí también como el idioma que abre puertas y ventanas, quita postigos y deja entrar la luz del día iluminado con las aves de mil colores y el sonido de lo natural puesto en una obra que habla “de un extranjero al que matamos y de su mujer, que se volvió loca” resumirías luego. Así tan fácil.

 

En 1987 diste a conocer Noticias del Imperio. ¡Qué obra! ¡Qué libro! ¡Cuánto de nosotros ahí! ¡Cuántas dudas, cuántos inútiles aspiraciones por hacer de este país una monarquía liberal, pero no; era una monarquía y era gente a la que trajeron los vientos, los inquietos vientos interminables.

 

Y los lectores caímos rendidos ante esa avalancha de palabras, de ideas, de emociones, de intenciones, de traición, de sueños inconclusos y de silencios mortales que nos pusiste en la mesa cardenalicia junto con la tasa de chocolate para que, como Carlota, metiéramos los dedos y saborear una obra que es mil obras al mismo tiempo.

 

Pocas veces se había visto una novela histórica como vimos y vemos en la excelencia de Noticias del Imperio que es, Fernando, la historia de una locura en la que tus personajes son ingenuos o terribles, son al mismo tiempo ilusos como duros e inamovibles… Te causan ternura Maximiliano y Carlota en tierra mexicana, pero aplaudes también la decisión de Juárez por construir un gobierno mexicano para mexicanos a pesar de los pesares que se vivían entonces.

 

Al mismo tiempo dulce y al mismo tiempo terrible lo que nos das ahí; cada uno en sus locuras, en sus destellos humanos y monstruosos. El espejo de nuestra vida y de nuestras discordias… Al final Maximiliano fue fusilado y los europeos vieron a un Juárez monstruoso que era capaz de tal afrenta… pero tuvieron que callar porque ellos eran los que enviaron a dos inocentes a construir un Imperio en tierra ajena.

 

“Anda Maximiliano, ponte en la frente la lengua de una calandria y grítale al mundo que mentiste cuando le entregaste tu espada a Escobedo y le dijiste que si te permitía salir de México te comprometerías bajo tu honor a no volver nunca. Anda, humíllate, arrodíllate, anda a gatas, y vuelve a ser un niño obediente y yo te llamaré el sol del alcázar, la estrella matutina de Cuernavaca…”

 

Si, Fernando, la imaginación, la loca de la casa. Esa frase que atribuyes a Malebranche, pero que es de Alexandre Dumas en un artículo publicado en 1841 en relación con el ataque de locura que sufrió Gerard de Nerval y que está citada en su obra “Las hijas del fuego”. Si, la locura puesta ahí, la locura del poder, la locura del amor, la locura de un hombre que quería ser mexicano y no lo consiguió… Noticias del Imperio

 

En noviembre pasado, Fernando, llegó el mensajero y nos trajo la noticia de tu muerte. Y trajo un relicario del que salieron papagayos, aves del paraíso y mandarinas, para ti, para acompañarte, para que no te olvides del país de siempre jamás.

 

“Sí, Maximiliano, fue la mentira, fueron las mentiras, las que nos perdieron. Tengo aquí, Max, en mi recámara de Bouchout, un cofre lleno de mentiras que me trajo el mensajero…” (…) “Lo que me contagiaste, Max, lo que contagiaste a todos, fue tu mala suerte. Tu malísima, pésima, perra mala suerte”.

 

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